1.3.16

Sitiado en mis errores...

Sitiado en mis errores
por una voluntad marchita
que a la ceniza se niega.

Anegado por la historia
de una ciudad infame
cuya memoria pinta olvido.

Me postro en la orilla
inagotable del silencio,
lleno de mí, vacío.

Y así llegó la fecha, sugerida, para cambiar el mundo... 

Ya no te busco, instante,
la huida será hacia adelante.

El amor está en el tiempo,
implacable, cruzas
el desierto sin fin,
oasis, de mi pensamiento.

Tras tu llegada mi partida
bajo mi sombra tu dicha
y en el silencio de las horas
surge la última poesía






16.12.15

Poco memorables I

Para Laura ∞

Andrés se sabía la vida como quien camina en medio de la noche por un vaso de agua. Siempre informado y enterado de las últimas novedades que el mundo ofrecía. Andrés leía La razón y creía que ésta la acompañaba siempre. En los cafés o en el feis, siempre alardeaba ser el más enterado y el poseedor de la opinión más crítica de todas. Nadie le ganaba, no importaba si no se trataba de una competencia, él siempre debía ser el mejor, el de la última palabra. Y así se iban sus días.

Un día, una vez, como cualquier otra, se levantó y se puso el traje más elegante de su ropero. Sabía que para convencer la impresión visual siempre era de vital importancia. Caminó por el centro e hizo lustrar sus zapatos. El bolero comentó algo pero Andrés respondió de manera que no cabía refutación posible. Pagó con cambio, se acomodó su bisoñé y retomó la marcha hasta llegar al café de la parroquia, su preferido.

Vidi, vini, vinci, decía la primera línea de su nuevo poema. No sería un soneto pero escribir en latín siempre fue su afición, Sólo los elegidos podrían entenderlo, Continuó escribiendo hasta que llegó su cita. Platicaron, bebieron infinidad de tazas, con dos cucharadas de azúcar cada quien, y se marchó a su casa.

Vivía solo, en la calle de Horacio, por supuesto. Ya en la comodidad de su casa continuó escribiendo su poema en latín, Pero algo se revolvió en sus adentros. Una especie de vacío se apoderó de él hasta que no pudo más y tomó el teléfono. Llamó a su amigo y él aceptó visitarlo en casa. 

Mientras Andrés vigilaba no sé qué cosa desde la rendija de su puerta un avión pasó sobre su cabeza. No sonó el timbre pero se acomodó su intento de cabello y abrió la puerta.

Sonrió como no lo había hecho en todo el día. "Adelante", dijo. Del bolsillo sacó un calcetín y lo colocó en su mano izquierda. Gris, el calcetín marioneta parecía decir algo que sólo Andrés entendía. Él responde una frase en latín y los dos ríen. Enseguida se ponen serios y Andrés le cuenta sus problemas; ha tratado de escribir un poema en latín pero la rima le falla, intentó hacer un cuento pero las frases que salen de su pluma le parecen obvias y torpes... no sabe qué hacer. Y una lagrima, apenas visible brota de su ojo derecho.

El calcetín, serio, guarda un abrumador silencio...

2.12.15

Elegía

Los que hemos creído porque no había opción,
mientras la muerte complacida miraba,
y dormimos cada noche abrazando el miedo
pues sabemos que nos faltan las palabras.

No hay litoral que reciba este sueño
ni sonrisa que cambie esta mirada
y mientras se repiten las canciones
una sirena acaba con la calma.

Los que hemos pensado que es olvido el deseo
y que de esta noche surgirá el nuevo beso
aunque el tiempo se empecine, lento,
en destruir todo lo que pensamos nuestro.

No hay redención ni alivio,
sólo humo y sólo viento, mientras los labios se parten
en tres y diez y seis:
el jodido miedo de empezar otra vez.

Los que miramos marchitar la flor,
mientras poco a poco pierde perfume y color,
sin saber si agradecer o maldecir
las estatuas blancas y los basureros de serenata.
Porque llegamos a donde no queda nada,
sino el sueño, la memoria y una que otra carcajada.
Hemos llegado al fin, de un ciclo o del porvenir,
nadie dice si persistir, o si es una muerte sin fin.

Yo sólo digo, yo sólo quiero, yo sólo pienso:
hay que salir de aquí.

21.4.15

También lo siento

Tus ojos se me van
de mis ojos y vuelven
después de recorrer
un páramo de ausentes.

Tu boca se me marcha
de mi boca y regresa
con varios besos muertos
que aún baten, ojalá vivieran.

Tus brazos se desploman
en mis brazos y ascienden
retrocediendo ante esa
desolación que sientes.

8.3.15

Paciencia

Después de mucho tiempo aquí estoy de nuevo, sentado y tecleando como si alguien tuviera la urgencia de leerme. Sé que no es así, aminoro el paso y pienso qué era lo que quería contarles. Quizá sí, tal vez alguno de ustedes, tenga tiempo libre y pase por aquí, gracias por la paciencia.

Paciencia. Tuve una plática recién y concluimos que no queda sino ser pacientes. Sólo hace falta lograr comunicarse realmente, sin desesperar.

Según los jóvenes son los impetuosos, los que tienen prisa por beberse el mar de un trago, fondo, fondo. Pero me recuerdo hace unos años esperando, paciente y sin prisa, sentado en el piso y con las piernas cruzadas, nada más mirando como pasaba la gente mientras el sol ascendía y descendía implacable, pero yo no me movía más de lo estrictamente necesario. Debía estar ahí hasta que llegara, aunque a veces no lo hiciera; entonces volvía con las manos vacías, el pantalón sucio y más ganas que antes. Pero no importaba porque estuve ahí, y ahí estaría al día siguiente, y al otro, y al otro.

Hoy no estoy tan chavo, ya estoy más cerca de los 30 que de los 18. Me siento pero ya cansa sentarme como antes, aunque las manos sigan tan vacías y el pantalón tan sucio como antes, aunque más arrugadas (las manos y los pantalones). De las ganas mejor hablamos otro día. Hoy la paciencia es el asunto. 

Mi paciencia ya es más la del hospital que otra cosa. El reloj sigue con su pasito lento pero implacable, tenemos los días contados y la cifra final no es prometedora. Implica mucha responsabilidad, locura, ganas e ingenuidad esto del día a día. No puede no dar miedo, yo no puedo evitarlo y últimamente es tanto que verlo a los ojos me es imposible. Evado al miedo, al menos lo intento, con un trago o dos (siempre más), con el humo del cigarro que termina por recordarme tantas cosas y tan pocas gratas. Lo evado al apartar las letras de mí, nada de escribir, poco que leer, evado, finto, recorto y frente a la meta dejo salir al balón por la banda. No por los compas sino a pesar de ellos. Me los llevo de corbata y no visto formal para la ocasión. 

Parece que digo y digo pero llego a nada. De nuevo el miedo y la evasión, la paciencia disfrazada de indiferencia, o viceversa. No desesperen, recuerden que todo depende de la paciencia, ya llegará el sentido de este texto, ya aparecerá lo que tanto esperan, a quien tanto desean y, sin duda, de lo que se esconden. Sean pacientes, por lo pronto llega la primera recompensa: mi silencio...


* * *
Volví a ese paraje enmarcado de alcatraces. Que tristes lucían a mis ojos ahora que tu noche lo cubre todo y no como otrora, cuando presagiabas ochos horizontales y el vaivén del mar me perseguía hasta la alcoba. Esta vez no hubo rencuentro, no hubo abrazo ni palabras, nada de sonrisas. Los alcatraces no adornaban sino la ausencia, cien metros de nostalgia y olvido y dulces detalles que ahora vuelven amargos. No queda otra opción, lo cruzo y me pierdo en el empedrado, me confundo con la oscuridad, camino, sigo caminando por horas, por días y más. Sigo, trato de cruzar, paso a paso, alcatraz por alcatraz. Todo se ve negro, sigo caminando, y camino, y camino...