Una vez más, otro año, con apenas un mes de diferencia, los perigeos parecen apogeos y, por más que estiro los ojos y levanto el cuello, no te alcanzo a ver. Sólo, con los ojos entrecerrados, con la conciencia semidormida, aparece tu marca, del lado oscuro, luna mía...
La más grande y clara,
misteriosa y terrible, mente hermosa,
noche, contigo y un conejo que se oculta
bajo sábanas para no ver lo que no ha de aparecer.
La más brillante, delirante es el destello
que se multiplica si te acercas fijamente,
mis ojos caleidoscopios parpadean
y cientos de lunas los conquistan
asomadas por entre infinitas persianas.
Porque eres la más y te vuelves dos,
porque llegas al firmamento y sin aviso
pides un ocho que se torna infinito,
y las estrellas lunares y la noche día
y la lluvia primavera.
Porque eres la más y la mar te imita en su reflejo,
y su sal resbala por tus cabellos.
Porque lo llenas todo y me creo todo
renovado entre tus halos tiernos cual regazo,
Porque acrecentas los latidos de esta tierra
que reverdece y se sonroja y palidece
cuando desbordas la marea a costa dada.
Porque cada noche, sin aviso,
tus cráteres desorientan el sueño,
atraes fantasías, demonios y cielo,
la más grande y clara, guía, dicha,
sin duda alguna nanas en tus labios
suenan y su eco otorga calma buena.
Así pues, que tu andar por el cielo,
elipse firme y convencida,
no me prive más de tu brillo,
que el perigeo y la gravedad,
del sentimiento, me lleven a ti
de nuevo.
Y que en tu lado oscuro encuentre asilo,
y que las sonrisas vuelvan del exilio,
porque hace falta besar y sonrojar
tus cráteres, precisos y preciosos, lunares;
que no me importan los grandes pasos humanos
si no los doy como hombre, de tu mano.
Luna llena, la más grande y clara y brillante y más,
la más cercana, la siempre soñada y esa,
que desde hace tanto no se deja alcanzar.
(Porque la de Zoe no es la única que habla de la luna.)
Dicen que te va jodidamente bien. Que, para variar, tus planes, cálculos y predicciones se cumplen. Todos se sorprenden, yo sólo confirmo que hablan de ti y de nadie más.
Me gustaría decirte que me va igual de bien. Que todos estos días de jazz y música clásica, no hacen sino ponerme a caminar con estilo y la frente alta, ojalá todo fuera tan simple.
Lo cierto es que no, desde la última vez que te vi no tengo más que esa perturbación que deja el no poder controlar el tiempo, el no poder prolongar ese instante a tu lado, a solas, sin más testigo que el azulejo que a oscuras deja de importar.
¿Te he buscado? Parece que nunca se es demasiado mayor para preguntas absurdas, obvias. No hay rincón, no hay sonrisa, tampoco hay noche en la que no te busque. Lo cierto es que, no hace falta decirlo, no te he encontrado, tus manos sin soportar las mías, tu mirada alejada de la mía, tu pensamiento en otra parte... todo puede dar fe de ello. ¿Dónde estás?
Y me vengo a enterar que todo es un mito...
Osadas metáforas que no corrijo por ti
se empalman en la fas del panteón
griego, romano y ¿quién da más
por un segundo o dos a tu lado?
Yo lo doy todo, todo lo que puedo dar.
Entre calles norteñas te busco
en noches húmedas apareces
con voces que nadie conoce
y temblores que anuncian el ansia
de tu piel en mi piel, de tu todo en mi nada.
Reaparece, mito mío.
Devuélveme la poesía,
esas clases tuyas
y al carajo la agonía.
Eres tú, y lo sabes.
Soy yo, que no te engañen,
entre dos no hay más que
un sólo sueño, una erupción,
volcán eterno, y ya.
«Repentinamente, un estruendo sonó como si el precipicio se derrumbara sobre nuestras cabezas. Ese sonido partió y pulverizó la luminosidad, la calidez y la calma de aquel medio día, en un instante.
Cuando un jet cae hacia la tierra en picada desde una altura de diez mil metros y se acerca casi hasta el piso y luego eleva su nariz y regresa a la altura que tenía anteriormente, entonces la ola de sonido que origina sobre la tierra crea una enorme presión. Eso es lo que se llama un gorila aéreo.
La presión del terror todavía se movía convulsivamente en mi interior pues en un instante, mis límites fisiológicos habían sido rotos. Era un violento grito que no me dejaba. Sentía que mi cerebro estaba como dormido y duro en algún lugar. También sentía como si mi abdomen se hubiera salido de su lugar.»
Y nada, leí esto en Una luminosa oscuridad y lo entendí. Eres un gorila aéreo. Pero no te salves ni te apartes diez mil metros de aquí.
Que sople el viento divino* y te traiga de vuelta.
*Viento divino (Kamikaze). Se refiere a las tormentas que hundieron gran parte de la escuadra mongol cundo atacó la costa noroccidental de Japón, en los años 1274 y 1278. Gracias a aquel "viento divino" la invasión fracasó en ambas ocasiones. El mito del Kamikaze nunca fue olvidado por los japoneses. En octubre de 1944, cuando era evidente que la armada japonesa no podría impedir el desembarco americano en Filipinas, cinco pilotos japoneses realizaron el primer ataque suicida contra barcos de guerra americanos. Los pilotos suicidas se autoinmolaron con la mente puesta en el "viento divino" que había salvado a Japón
Empezó como empieza todo, con los metales interrumpiendo el silencio de los ángeles. El aire se partió en un, dos, tres, cuatro, un dos tres cuatro, y se perdió el piso. Pronto todo se volvió un caos envuelto por la extraña armonía de brazos agitados y caderas al borde del quebranto. Los gritos surgían de aquí y de allá, todas las voces vueltas una, todos los cuerpos un mar, premonición de la tormenta.
Para el ojo distante y ajeno, aquello no tenía explicación ni razón de ser, miraban extrañados o pasaban de largo, indiferentes. Para el ojo ubicado en medio del huracán, ese día no tenía otra razón de ser sino ese instante, ese lugar preciso.
Pronto comenzó a sentirse más ligero, el peso de los días, del trabajo y de la vida misma, se diluía con esa danza heterogénea y primitiva de la que era participe. Sólo a ratos, un pensamiento invadía su cuello obligándolo a buscar algo que no hallaría entre la multitud. Los metales no cesan, el viento los lleva más allá de la muerte.
De pronto llegó una calma inexplicable, el canto de un coro de sirenas venidas del viejo mundo penetró en los huesos de él, de todos; se trataba de un canto triste surgido de las entrañas de la ciudad, era el triste orgasmo colectivo que todos esperaban pero que no creían posible, la tierra se abrió y el cielo se tornó oscuro.
Aquellos ángeles, antes acallados, prorrumpieron en llanto, un llanto dulce y puro, uno que brotaba del cielo y de cada uno de aquellos cuerpos.
Su cuello se liberó de toda presión, ya no hacía falta girar ni buscar entre las sombras. Ahí estaba ella, con toda su belleza, en medio del ruido y la calma, entre los cabellos agitados y los pies tratando de tocar el cielo. Ahí estaba, con el llanto, con él: bajo su sombra.
Devino la calma y cada quien se retiró con su soledad a cuestas. Con ese esbozo de sonrisa que la memoria reconstruirá años más tardes, con los metales interrumpiendo el silencio.
Y mientras las sirenas chillan y se abren paso, un dolor profundo me penetra se posa donde antes tus labios, trato de calmarlo digo: calma; pero no escucha y se cuela en mis entrañas. En realidad no entiendo el porqué, cómo llegué aquí, a dónde he de ir, le pregunto a este dolor y burlón responde: calma. Entiendo, entonces, me ha de acompañar más allá del alba. [Al día siguiente me habría de enterar que el chillar de las sirenas era el preludio del llanto de los familiares. A escasas tres cuadras de donde me hallaba, 17 balas jugaron a ser Dios, a ser la muerte, y lo lograron...al día de hoy el dolor permanece: preciso un gatillo.]
Veo la hora insistentemente, como para explicarle a mi cuerpo que ya es tiempo de dormir. No funciona. Debajo del reloj aparece un 07/03/2013, recuerdo que debo poner en mis ensayos la fecha como se debe y no como en la nota de la tintorería.
Ya es 7 de marzo del 2013, pues (así sí). Faltan apenas 9 días para ponerle otra rayita a la pared que contabiliza mis años vivo. 25 años de vivir, y a comenzar el 26. Está bien, creo que no lo he hecho tan mal ni tengo mucho de qué quejarme. He aprendido algunas cosillas y olvidado lo que tenía que olvidar. A veces me pasa al revés pero estoy consciente y lo remedio, trato de remediarlo.
Lo que más me intriga es el día previo a mi cumpleaños, ese quince que evita pasar de noche el "memorable día" posterior. Ya va a ser un año de aquel café no robado, del confeti hasta en los calcetines, de sorpresas mal ejecutadas y de otras más gratas, aunque insospechadas.
Más que intrigarme, me preocupa.
Cómo pasa tanto en tan poco tiempo, cómo cambia, más rápido todavía. He sido todas las V escritas, el hombro para llorar, panchero, payo/payaso, de mal corazón, el querido bonitamente, el chillón, celoso, niña, parangaricutirimicuador, cochinilla, tosco, bruto, el que no sabe cuándo tiene hambre o cansancio, el de "pues a ver qué pasa", el de "pasó mucho y quiero ‘algo contigo’", el lazarillo, sus ojos, el clavo, el soñado, el que no tiene enfermedad terminal (pero si la tuviera...), el contagioso, sandwichero, impuntual, el hostigoso que no hostiga, el que escribe bien, el que escribe para ella, el torpe, el mentiroso, el enamorado, el que arruina días, el que causa risa, el que tropieza pero sólo ve caer, el que sostiene o levanta, el que hace enojar, el que recuerda casi todo pero olvida lo que no debería, el que se pierde, el intolerante al apio-guayaba-betabel-etc., el que toma porque le gusta verme, el que pide clases de poesía, el que recita, el que desafina cantando y tiene sueños recurrentes, el asaltado por obra de un sueño, el que dice "todo es mental" y no deja de tiritar por frío y nervios, el que no para de escribir y dice todo a medias, el que no deja de ver el reloj, sin sueño, mientras cuenta las horas para volver a verla; he sido eso y más, todo y nada...y nada.
Pues sí, a esta hora sólo atino recordar y soñar despierto. Queda pensar que he sido todo eso y que quiero seguir/volver a serlo, todo lo bueno.
Puedo decir con la mayor de las sonrisas, y a la vez con un coraje que me cala hasta los huesos (más que cuando por el frío a ella se le entumen y se queja sin remedio), que he aprendido mucho: la lección del año, por llamarlo de alguna manera.
Espero poder demostrarme, y demostrarle, que un año no fue en vano, que la rosa no se marchita, que ya no tiene espinas.
Lizette Cisneros, gracias totales, sinceras e infinitas. Hace casi un año comenzó lo que sería la más óptima experiencia, el sueño perfecto, la clase no soñada, ideal, el poema más raro y maravilloso, el sentimiento más puro, convencido de que no ha de acabar.
Gracias, espero que después de tanto/tan poco tiempo, también puedas decir que la mayoría fue muy bueno. Para mí fue optimísimo, eso no existe pero no importa, tú tampoco existías y mira: ya no me puedo saber sin ti, sin estas 51 semanas de conocerte, de recrearnos, desencontrarnos y volvernos a ver...después de ese primer sentir tus labios contigo entre mis brazos.
Quizá peco de cursi, meloso o nostálgico, seguro sí, ya me sabes, quizá mejor que cualquiera, casi tanto como yo mismo, quizá no. Creo que he pecado de otras cosas más graves, ya no lo haré, el único pecado que me interesa es el de estar bien y a tu lado, siempre. Ni sé si sea pecado, pero no importa, ya pecaremos juntos, espero, y espero que sea por mucho tiempo.
Esto empezó como una publicación en mi muro, luego como una publicación en el tuyo, amagó con volverse un mensaje y terminó sintiéndose más cómodo aquí, aunque ya no haya internet y no sé a qué hora será publicado esto. En realidad no importa, el chiste es que leas y recordarte este sentir que por ti siempre habrá de existir.
No sé qué pasará después, y en realidad no tiene mayor sentido este día o aquel, lo único que quiero, y con todas mis fuerzas deseo, es que tú estés en él, y en aquel, y al otro, y al otro. Quédate. No dejes de ser mi noche.
No hay más: Te amo Lizette.
[Iba a poner la de Fanny, pero tú tienes la mejor versión]