Nuestra alegría es un colibrí herido,
ligera danza hacia el abismo;
suspira el viento cansado,
nos hace volar livianos
entre el tedio y el olvido.
Nuestro dolor es enojo,
inconformidad que aísla,
es querer siempre más y más,
pozo de los deseos sin fondo,
secos, solos, sedientos.
Nuestro querer es universal,
el grano de arena, el Big Bang,
no sabe de jaulas o ataduras,
se entrega hondo y sin freno,
y es por él que, lo sabemos,
la soledad será el final compañero.
22.11.18
16.5.18
Canción conejera
De mi serie de poemas cortos "Todos están teniendo bebés y yo no pero no me agűito y mejor escribo algo aunque no debería porque no me sale":
El conejito ya sale
de entre el maíz y el frijol
llega de labrar el campo
lleva en su frente sudor.
de entre el maíz y el frijol
llega de labrar el campo
lleva en su frente sudor.
Trae las orejas atentas
pues lejos viene un rumor
dice que viene que vuela,
dice, una historia de amor.
pues lejos viene un rumor
dice que viene que vuela,
dice, una historia de amor.
Mientras, conejita mira
con sus ojotes al cielo,
tamborilea con su pata
y entona este dulce verso:
con sus ojotes al cielo,
tamborilea con su pata
y entona este dulce verso:
"Cuando la mañana llegue
y la vida vuelva a empezar,
será nomás por tus labios
que algún día me han de nombrar."
y la vida vuelva a empezar,
será nomás por tus labios
que algún día me han de nombrar."
Esperar valió la pena,
pues del cielo llega ya
el cenzontle con su canto
y un paquete que entregar:
pues del cielo llega ya
el cenzontle con su canto
y un paquete que entregar:
—Conejita, conejito,
ahora mismo les doy,
un bonito bebé conejo
que los llenará de amor;
Como la lluvia a la vida
junto a los rubores del sol
así serán ustedes con ella:
y ella les pintará cielos
de indescriptible color.
ahora mismo les doy,
un bonito bebé conejo
que los llenará de amor;
Como la lluvia a la vida
junto a los rubores del sol
así serán ustedes con ella:
y ella les pintará cielos
de indescriptible color.
Vladimir Villalobos
16/5/17
12.5.17
De antes
A Bere, por su sonrisa
Siempre fuimos un buen equipo, una bonita pareja, sobre todo
en los días de frío o durante aquellos años de cuidar a los hijos, y después a
los nietos. Durante el frío ella contaba con mi abrazo, con mi cuerpo
envolviéndola tanto como me era posible. Uno calentaba al otro para después
recibir de vuelta ese calor multiplicado; pocas veces no nos bastamos el uno al
otro, culpa mía, sin duda. Lo que siempre agradecí fue que no buscara otro
abrigo, que se ¿conformara? conmigo. No era conformarse, era fidelidad, o quizá
la falta de recursos, no sé, a veces las cosas más increíbles influyen. Alguna
vez escuché que el revoloteo de una seda podía alterar el orden del otro lado
del mundo, provocar tragedias, y no lo dudo. Pero el asunto es que nunca me
cambió por otro ni se quejó, más allá de lo razonable, de mí. Yo también me
podría quejar, pensaba a veces, pero recordaba aquella sonrisa primera,
repetida en algunas ocasiones especiales, y mi imposibilidad de reprocharle
nada se volvía absoluta. Su sonrisa era una jaculatoria que todo lo podía, que
lo conmovía todo.
Cuando le tocó cuidar, primero a sus hijos y después a los
hijos de sus hijos, me mantuve cerca siempre. Es una pena que ya no haya
conocido a los hijos de los hijos de sus hijos, debieron verla, la breve
sonrisa que me dedicara cuando apenas era una joven se multiplicaba como si
cada año, como si cada instante de su vida, hubiera estado a la espera de ese
momento en que sostenía a los pequeñines para después envolverlos, arrullarlos,
simplemente para sonreírles y competirles la dulzura, la inocencia. Y yo estuve
ahí, acompañándola para que el cansancio no le llegara pronto, para que la
espalda no le doliera tanto al final del día. Ojalá le hubiera podido ayudar
más o mejor, evitarle el dolor, aunque fuera, del último día.
La última vez que platiqué de ella con alguien, me dijeron
que no, que exageraba, que nadie puede ser tan bueno, que todos tenemos defectos.
Afirmaban que mi objetividad estaba deshilachada y que debía remendar mis
juicios. Sin duda tendrían razón, no soy el más indicado para la imparcialidad,
no con ella. Pero pienso que eso es lo más normal, uno siempre elige qué es lo
que va a recordar de las personas, puedes elegir cuál de sus olores te quedas,
el día más triste o el más feliz, puedes elegir la época, las risas, la
conversación… todo lo que te convenga, todo lo que prefieras, para bien o para
mal. Aunque sí, es cierto, a veces uno no puede elegir, simplemente llegan
momentos particulares y te fulminan, aunque no quisiera uno, los recuerdas, se
te aparecen entre sueños, cambian tu destino, o lo culminan, y hacen mencionarlos,
una y otra vez, como ahora que les cuento sobre ella y su sonrisa.
Pero les decía que yo estuve ahí siempre, prácticamente presencié el origen y el fin de todo, o casi. Ayudé cuanto pude, pero ser el pañuelo para los momentos tristes no basta a veces, lo supe y no s eme olvida. En ocasiones lo que se necesita es una palabra de aliento, algún chiste, lo que sea para distraer. Lo intenté tanto como pude, lo juro, pero eso casi nunca es suficiente. Por ejemplo, vi cómo se acabaron las reuniones familiares cuando la hija mayor, enfadada por algo que sigo sin entender pero que parece motivo suficiente para cortar cualquier lazo familiar, levantó a sus muñecas (así les decía a sus hijas), insultó a sus hermanos, observó a su madre con una mezcla de enojo y decepción para después marcharse. No la volvimos a ver en ese comedor sino hasta aquel último día. Pero en ese momento, yo con ella, no pude hacer nada sino, como todos, observar en silencio ese otro tipo de sonrisa que su rostro parió, y digo parió porque sospecho que fue una sonrisa llena de dolor. Después del dolor que debió causarle traerla al mundo tras nueve meses, se compensó con apenas unos segundos de enojo que después se volverían imposible olvido. Siempre es más fácil destruir que crear. A veces miro cómo la gente, al encontrar un hilito suelto, lo jala y lo jala y sólo ve cómo el suéter se empieza a volver otra cosa, hasta quedar irreconocible, hasta ser nada, o algo muy distinto, pero no lo que debía ser.
A veces yo sueño que me encuentran ese hilito que define
nuestras vidas, siento adrenalina porque la mano, de equis o ye persona (pero
nunca la suya), está por tirar de él. ¿Se imaginan estar a punto de deshacerse,
de presenciar su propia muerte o, al menos, su transformación en otra cosa
totalmente distinta? Da miedo y no. Quién me reconocerá, quién me negará o
pensará que soy nada, apenas una cosa amorfa olvidada en el piso, un estorbo…
tal vez, aun así, alguien me vería en mi potencial, en mis ganas de servir y
ser recordado. En una de ésas me levantan del piso y, tras mirarme fijamente,
me dediquen una sonrisa sincera.
Pero así fue, si tuviera todo el tiempo del mundo y mis
hilos no estuvieran expuestos contaría anécdota tras anécdota hasta acabarme
todo un carrete de hojas, hasta amanecer con dolor en la muñeca por tanto
recordar. Algunas cosas serían agradables, pero otras no tanto, al final
siempre llega la tristeza, al menos en el último día. Un ejemplo es ella, yo la
acompañé tantos días que no sabría pronunciar semejante número, o tal vez sí,
pero no sabría calcularlo. A nuestra manera, y según nuestras risas y llantos,
envejecimos juntos. Cada uno fue testigo del agotamiento del otro, sin embargo,
no nos separábamos. Es cierto, sus sonrisas cada vez fueron menos frecuentes y
sus arrugas se volvieron surcos que sólo regaba el llanto, pero incluso así, y
en esto soy tan objetivo como es posible dadas mis condiciones, sus labios
contagiaban alegría, y además tenían cierto aire de sabiduría, como si ya lo
supiera todo y cada mancha que surgió en su piel fuera todo ese saber tatuado.
Pero no hay rezo o invocación que pueda durar siempre y, salvo
en contadas excepciones, el final no siempre es feliz. Ella empezó a padecer
ataques de tos, problemas para respirar, dolores que aparentemente no tenían
razón de ser, es la vida que me pesa, decía como un murmullo. Es la comida, es
el aire que se soltó anoche, es el calor de marzo, decían sus familiares,
doctores y conocidos, como si de una quiniela se tratara. Entonces empezó a
perder color y peso, ya mi abrigo no le era suficiente y ambos lo sabíamos, yo
tampoco ya era el mismo de antes. Se le consiguieron cobijas, sábanas,
suéteres, todo lo necesario, o al menos lo posible, para mantenerla a gusto. Ya
casi no hablaba ni se movía, dejó de cocinar y de hablar. Sus ojos se volvieron
brillantes como los que más, y sus manos temblorosas, como si todas sus
fuerzas, toda su vida, se hubieran concentrado en la mirada. Su cabello, otrora
negro e inagotable, había perdido color y brillo, incluso se le encogió, podría
decir, pero tal vez (y sería una explicación más lógica, creo) sólo se lo cortó
y yo no me enteré nunca, porque siempre estuve con ella, pero cuando uno dice “siempre”
en realidad casi siempre quiere decir que sólo estuvo la mayor parte del
tiempo. Sólo uno mismo está consigo mismo todo el tiempo, y a veces ni eso,
decía ella.
Cuando la internaron en el hospital yo no pude ir, no estaba
en condiciones de viajar, nadie me quería llevar a donde ella. Quizá es lo
mejor, me decía después de tremendos berrinches. Y es que a mi edad sólo se
acude a esos sitios cuando el viaje está por terminar y las gaviotas anuncian
tierra firme, o que el barco está por partir, depende de cada quien, si
prefiere llegar o irse. Yo prefiero la imagen de la embarcación llegando al
puerto, creo que la vida es más marea que suelo firme, y tras tanto mareo uno
se merece un descanso, un hogar solido. Pero eso ya lo averiguaré, como todos,
algún día. El asunto es que no pude ir, sólo escuchaba los chismes, lo que
decían en la casa tras noches intranquilas de café y poco más. Creo que cuando
la salud se marcha se lleva consigo el hambre de los otros, en su lugar deja
nervios y pesadumbre, un ambiente tenso, dirían los que saben de esas cosas. Me
imagino que es como cuando se empieza a rasgar el hilito que mantiene al balero
unido, lo sigues jugando, pero sabes que se romperá en cualquier momento, que
se desprenderá y seguramente te golpeará, o a alguien cercano. No hay remiendo
para algunas cosas, aunque los parches u otros artilugios a veces ayudan,
simulan la herida, retrasan lo inevitable, aunque sólo es darse largas y rodeos.
Como ver una y otra vez aquel video familiar en el que aparece, como si así su
partida fuera un mal sueño y la vida real, es decir su sonrisa, estuviera
encerrada en la pantalla, eterna.
El último día en realidad sólo es un último día, no es que
no vayan a haber más, sólo es el último para una persona, para la vida que
llevaban quienes la querían, u odiaban, porque también la pérdida del ser
odiado deja qué pensar y sentir. Pero siempre, en menor o mayor medida el vacio
se hace sentir, la tristeza te busca y encuentra en algún momento, tarde o
temprano algo en tu interior recibe un poquito de ese nuevo vacío, y pesa el
cuerpo, pesan los días y los recuerdos. No importa si estás en la cama, en la
regadera o en medio del bullicio que surge quién sabe de dónde cada domingo a mediodía,
de pronto te sorprende y se sujeta a ti, te acompaña a donde vayas. Ya depende
de cada quien el tiempo que esa sombra se sujeta de la suya. Cuando pasó todo,
cuando escuché que el fin había llegado, sentí que algo se rasgaba dentro de mí.
Si pudiera hubiera llorado como aquel cantante que se empapa de tristeza el
rostro mientras canta algo así como neme
quitepá, no sé qué signifique, si es que significa algo, pero se le nota
una infinita tristeza, y pues así la sentía yo, daban ganas de cavar la tierra
una y otra vez, y seguir haciéndolo hasta después de mi muerte, sólo para
cubrirla de oro y luz, aunque nunca podría competir con el brillo de esos sus últimos
ojos.
Lo más triste de una despedida es no poder estar ahí para
despedirte. Me tuve que quedar en el rincón al que ahora pertenecía. De pronto
ya no era aceptado ni tomado en cuenta dentro de la casa, bien pudieron trapear
conmigo el piso y a nadie le hubiera importado, a veces eso pasa cuando los
jóvenes creen que los viejos ya no servimos, que sólo somos un bulto ahí,
ocupando espacio, pero se olvidan que nosotros los sostuvimos cuando las
piernas todavía no los sabían obedecer. Éstas son cosas que uno no entiende
sino hasta que es demasiado tarde, y acabamos sufriendo lo que le provocamos a
alguien más. Yo no recuerdo haber hecho daño a nadie, pero ahí estaba, como sin
estar, me volví una telaraña en el rincón que nadie quiere limpiar, al que
nadie mira. Y no me pude despedir, pero no importa, me dije, ella sabía cuánto
la quise… cuánto la quiero y querré, porque tamaño sentimiento no es algo a lo
que un puñado de tierra pueda poner fin.
Sobre esos días es mejor no hablar. Todos sabemos cómo es
eso, a ninguno nos sobreviven todos para siempre, sería lindo pero no hay forma
de volverlos eternos. A veces, y eso es triste, queremos más cuando ya no están
que cuando sus brazos aún pueden darnos abrigo y consuelo, tal vez sea para
compensar esos cariños no expresados a tiempo, o por aquellos recuerdos
elegidos a placer, idealizamos a nuestros difuntos, o al menos se les perdonan
sus fallas, se hacen más ligeras. Las virtudes y lo bonito, como el cabello y
las uñas, nunca dejan de crecer.
Yo ya no tenía esperanza, todos los días soñaba con ella y
me descosía el alma al amanecer e imaginarla bajo aquella corona de flores ya
marchita. Una de sus hijas ocupó el lugar en su casa, todas sus pertenencias
fueron repartidas de manera más bien curiosa. Pero yo no era quién para
quejarme o decir algo, me limitaba a observar en silencio. Y en menos de lo que
esperaba la casa se volvió enorme y solitaria, el viejo reloj que entonaba una
melodía cada quince minutos ya no estaba, la televisión monocromática se la
regalaron al sobrino mayor de la segunda hija, los hijos revisaron escrituras,
papeles y deudas, también el cochinito con los ahorros de ella; la hermana que
le sobrevivió no quiso nada, a cierta edad a uno ya nada, o casi nada, le
sorprende, ya nada quiere, y el día a día se vuelve sólo una fatigosa espera
hasta que anuncien la tercera llamada, el reencuentro, la puesta en escena. Y
cuando se levanta el telón, se ve a lo lejos un hermoso atardecer en la playa,
y esa luz tenue y relajante te invita a la llegada, o a la partida, según cada
quien, como dije.
Y cuando dije que casi nada le sorprende es porque casi es
casi, pero en términos prácticos es un mundo de distancia, de diferencia, como
desde aquí hasta China, como desde el cielo hasta su tumba. Porque este mundo
le guarda sorpresas hasta a la telaraña más olvidada en la casa más solitaria
del poblado más abandonado que se puedan imaginar. Y aunque yo no soy ni telaraña
ni vivo en la casa más solitaria del poblado más abandonado, así me sentía,
después de ella ya nadie reparaba en mí. Comencé a sentir algunos estragos
propios de mi edad, pero no se lo conté a nadie, ya cada quien carga con
suficientes preocupaciones como para echarles las ajenas encima. Así pasaron
semanas que parecieron años, o más. En una de ésas apenas pasó un fin de
semana, pero es que cuando uno se siente solo bastan unas horas para que
la abulia del universo se aviente sobre tus hombros. Pero todo esto era para
decir que yo ya no era el mismo, me sentía avejentado y soñaba con mi fin, o
con ella y su sonrisa, cuando no era con ella era con mi fin, no había más
opción dentro de mi catálogo de ilusiones.
Un día llegó la familia, lo que quedaba de ella; entre
discusiones, decesos y ocupaciones más urgentes, no todos asistían a estas
comidas. Me alegraron un poco, esas reuniones de domingo por la tarde fueron
una tradición siempre que ella estuvo. Mientras llegaban y se acomodaban en la
casa, yo los miraba y adivinaba en ellos los rasgos que les heredó, o buscaba
en mi memoria otros años, cuando ellos eran apenas unos chiquillos y yo estaba
ahí, presenciando sus primeros pasos y tropezones. Sin duda eran buenos
tiempos, no mejores ni peores pero distintos, más alegres, ella seguía aquí y
seguía fuerte y con harta vida por delante, y aquella sonrisa.
A veces no hace falta sino una comida en compañía de los
seres queridos para recuperarse un poco, en algún lugar leí, o escuché, da
igual porque las palabras también se leen y releen en la mente, pero decía que
la juventud ya sólo se conseguía por contagio cuando cierta edad era alcanzada.
Tanto hijo y tanto nieto terminaron por contagiarme un poco. Me sentía
remendado, valga la expresión, fuerte y animoso. Aunque me duró poco cuando
noté que seguía sin ser más que una mancha de humedad en la pared más apartada
de las atenciones familiares. Una mancha tapada por la telaraña…
La comida concluyó ese día, los más pequeños corrían de aquí
para allá, los mayores bebían café (¿no les sabrá a velorio?, me pregunto siempre).
La tarde comenzaba a terminarse y mi alegría menguaba con ella. Pronto volvería
la noche fría y en soledad, después los sueños, con ella acaparando el papel de
protagonista y, por último, el triste fin de abrir los ojos al nuevo día, y así
hasta el san se acabó que no llega nunca.
Cuando los últimos estaban por irse, un par de niñas seguían
corriendo de aquí para allá. Sus respectivos padres les gritaron que ya se iban
y se detuvieron en seco. Como si hubieran estado jugando a las estatuas de
marfil, se detuvieron y se quedaron ahí, inmóviles, una frente a la mesa y la
otra frente a mí. Eran pequeñas todavía, no deben haber cumplido sus quince
años todavía, ya sé que alguna joven menor a los quince podría regañarme y
aclararme que, incluso a sus diez o doce años ya no es ninguna pequeña, que ya
hasta va a la escuela sola y le quitó las rueditas a su bicicleta; sin duda
tendrá razón, pero a nosotros los viejos ya todo nos parece apenas suspiro. En
fin, entre esos segundos de quedar petrificadas y girar para correr hacia sus
padres, alcancé a observarlas detenidamente, me terminaba de grabar el rostro
de la que tenía más cerca, cuando sus ojos se desplazaron curiosos hasta el
rincón donde me encontraba arrumbado. Su mirada curiosa me sobresaltó como no
me había sobresaltado desde hace mucho, fue curioso y raro, pero no estuvo mal.
Sus ojitos se volvieron enormes y se enfocaron en mí, me sentía acorralado, ¿me
recordaría con su abuela?, ¿me maltrataría o me jugaría alguna broma pesada?
Mis hebras se erizaron como si fuera un felino tratando de ahuyentar a su agresor.
Apreté los dientes.
Ella caminaba hacia mí. Despacio, quizá consciente de que
pensaba dar batalla, se aproximó más y más. Estuve tentado a gritar, a pedir
auxilio, pero la curiosidad y la vergüenza —¿quién grita desesperado nomás por
una chiquilla (no tan chiquilla pues) como ella?— me hicieron callar, fingir
una calma que nadie creería. Con sus ojitos agigantados y las manos extendidas,
se agachó hasta donde estaba, me sujeto con fuerza y entonces la vi. El telón
se había levantado y me descubrí en tierra firme, o a punto de partir, ya ni
sé. Lo recuerdo y los sentidos se me alteran como si hubiera sido hoy. Aunque
su rostro era muy joven todavía, lo adiviné, aposté todo lo que traía, o sea
hartos sueños y nada más. Como en un casino los dados comenzaron a rebotar por
todos lados, las últimas cartas fueron repartidas y la ruleta giraba como loca.
Después de sujetarme frente a sí, la vi, ahí estaba ella, no hay polvo que nos
separe del polvo querido, al polvo volvemos siempre, dice el libro. Me sonrió
de esa manera en que las personas adquieren un brillo inexplicable, se le
hicieron chiquitos los ojos y la vi en ella, su sonrisa inolvidable estaría
conmigo siempre, lo sabía desde aquella otra primera vez.
1.3.16
Sitiado en mis errores...
Sitiado en mis errores
por una voluntad marchita
que a la ceniza se niega.
Anegado por la historia
de una ciudad infame
cuya memoria pinta olvido.
Me postro en la orilla
inagotable del silencio,
lleno de mí, vacío.
Y así llegó la fecha, sugerida, para cambiar el mundo...
Ya no te busco, instante,
la huida será hacia adelante.
El amor está en el tiempo,
implacable, cruzas
el desierto sin fin,
oasis, de mi pensamiento.
Tras tu llegada mi partida
bajo mi sombra tu dicha
y en el silencio de las horas
surge la última poesía
el desierto sin fin,
oasis, de mi pensamiento.
Tras tu llegada mi partida
bajo mi sombra tu dicha
y en el silencio de las horas
surge la última poesía
16.12.15
Poco memorables I
Para Laura ∞
Andrés se sabía la vida como quien camina en medio de la noche por un vaso de agua. Siempre informado y enterado de las últimas novedades que el mundo ofrecía. Andrés leía La razón y creía que ésta la acompañaba siempre. En los cafés o en el feis, siempre alardeaba ser el más enterado y el poseedor de la opinión más crítica de todas. Nadie le ganaba, no importaba si no se trataba de una competencia, él siempre debía ser el mejor, el de la última palabra. Y así se iban sus días.
Un día, una vez, como cualquier otra, se levantó y se puso el traje más elegante de su ropero. Sabía que para convencer la impresión visual siempre era de vital importancia. Caminó por el centro e hizo lustrar sus zapatos. El bolero comentó algo pero Andrés respondió de manera que no cabía refutación posible. Pagó con cambio, se acomodó su bisoñé y retomó la marcha hasta llegar al café de la parroquia, su preferido.
Vidi, vini, vinci, decía la primera línea de su nuevo poema. No sería un soneto pero escribir en latín siempre fue su afición, Sólo los elegidos podrían entenderlo, Continuó escribiendo hasta que llegó su cita. Platicaron, bebieron infinidad de tazas, con dos cucharadas de azúcar cada quien, y se marchó a su casa.
Vivía solo, en la calle de Horacio, por supuesto. Ya en la comodidad de su casa continuó escribiendo su poema en latín, Pero algo se revolvió en sus adentros. Una especie de vacío se apoderó de él hasta que no pudo más y tomó el teléfono. Llamó a su amigo y él aceptó visitarlo en casa.
Mientras Andrés vigilaba no sé qué cosa desde la rendija de su puerta un avión pasó sobre su cabeza. No sonó el timbre pero se acomodó su intento de cabello y abrió la puerta.
Sonrió como no lo había hecho en todo el día. "Adelante", dijo. Del bolsillo sacó un calcetín y lo colocó en su mano izquierda. Gris, el calcetín marioneta parecía decir algo que sólo Andrés entendía. Él responde una frase en latín y los dos ríen. Enseguida se ponen serios y Andrés le cuenta sus problemas; ha tratado de escribir un poema en latín pero la rima le falla, intentó hacer un cuento pero las frases que salen de su pluma le parecen obvias y torpes... no sabe qué hacer. Y una lagrima, apenas visible brota de su ojo derecho.
El calcetín, serio, guarda un abrumador silencio...
2.12.15
Elegía
Los que hemos creído porque no había opción,
mientras la muerte complacida miraba,
y dormimos cada noche abrazando el miedo
pues sabemos que nos faltan las palabras.
No hay litoral que reciba este sueño
ni sonrisa que cambie esta mirada
y mientras se repiten las canciones
una sirena acaba con la calma.
Los que hemos pensado que es olvido el deseo
y que de esta noche surgirá el nuevo beso
aunque el tiempo se empecine, lento,
en destruir todo lo que pensamos nuestro.
No hay redención ni alivio,
sólo humo y sólo viento, mientras los labios se parten
en tres y diez y seis:
el jodido miedo de empezar otra vez.
Los que miramos marchitar la flor,
mientras poco a poco pierde perfume y color,
sin saber si agradecer o maldecir
las estatuas blancas y los basureros de serenata.
Porque llegamos a donde no queda nada,
sino el sueño, la memoria y una que otra carcajada.
Hemos llegado al fin, de un ciclo o del porvenir,
nadie dice si persistir, o si es una muerte sin fin.
Yo sólo digo, yo sólo quiero, yo sólo pienso:
hay que salir de aquí.
mientras la muerte complacida miraba,
y dormimos cada noche abrazando el miedo
pues sabemos que nos faltan las palabras.
No hay litoral que reciba este sueño
ni sonrisa que cambie esta mirada
y mientras se repiten las canciones
una sirena acaba con la calma.
Los que hemos pensado que es olvido el deseo
y que de esta noche surgirá el nuevo beso
aunque el tiempo se empecine, lento,
en destruir todo lo que pensamos nuestro.
No hay redención ni alivio,
sólo humo y sólo viento, mientras los labios se parten
en tres y diez y seis:
el jodido miedo de empezar otra vez.
Los que miramos marchitar la flor,
mientras poco a poco pierde perfume y color,
sin saber si agradecer o maldecir
las estatuas blancas y los basureros de serenata.
Porque llegamos a donde no queda nada,
sino el sueño, la memoria y una que otra carcajada.
Hemos llegado al fin, de un ciclo o del porvenir,
nadie dice si persistir, o si es una muerte sin fin.
Yo sólo digo, yo sólo quiero, yo sólo pienso:
hay que salir de aquí.
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