30.3.20

Sobre el dragón

Aunque los especialistas en el tema aseguran que tener un dragón como mascota no es la mejor de las ideas, el debate al respecto ha perdurado a través de los siglos, al menos desde que éstos tuvieron quien los contara —los casos Cómo entrenar a tu dragón y Rick & Morty (4x4) son un par de los ejemplos más actuales en la literatura sobre el tema—.

Desde aquellos días primeros en que el ser humano se hizo tal, los dragones han acompañado a cada una de las civilizaciones. Dicen que etimológicamente, la palabra dragón significa serpiente y que estas bestias voladoras no son sino la hipérbole de estos reptiles rastreros. Aunque, claro, la influencia de otros reptiles como los cocodrilos también es innegable; son parientes, pues.

Por otro lado, como casi todo en esta vida, en Oriente y en Occidente se tienen concepciones distintas de lo que es un dragón. Mientras que para los orientales el dragón suele significar un ser sabio, protector y benévolo, para los occidentales es más el enemigo a vencer, el monstruo que el héroe ha de derrotar en su trayecto. Entonces, por un lado el dragón tira paro e invita a la comunión del hombre con la naturaleza, mientras que por el otro, es un símbolo de las dificultades a las que el hombre tiene que enfrentarse para cumplir su destino. Shenlong (conocido porque aparece en Dragon Ball) y Leviatan ejemplifican estos dos extremos, aunque, claro, siempre hay sus excepciones de cada lado del mundo.
Pintar dragones - Pintura y Artistas
Olvidaba otra diferencia entre ambos tipos de dragones, los occidentales suelen ser el clásico reptil alado y escamoso que a veces escupe fuego, mientras que los dragones orientales suelen tener características de otros animales (patas de gallo y melena, por ejemplo). De manera similar a la oriental, entre nuestras culturas originarias, los dragones suelen tener características de otros animales, Quetzalcoatl tiene plumas y Caicai-Vilu (dragón mapuche) es mitad pez.

En fin, las historias, anécdotas y datos curiosos sobre dragones no tienen fin y además, he de confesarlo, estoy lejos de ser un experto en el tema (lejísimos en realidad, casi casi tuve que investigar cómo se escribía dragón). De cualquier manera, con esto de los encierros, los delfines en Venecia, las abejas en el cielo y las tortugas milenarias en la línea café del metro, tuve la satisfacción infinita de presenciar uno de estos milagros  que sólo una pandemia puede proporcionar; es cierto, estos milagros no le restan seriedad a la situación en que nos encontramos, pero quizá les sirva de inspiración: quédense en sus hogares (casa es muy frío) y cuenten de qué aparición son testigos. Acá la mía:
Como puede verse, dadas sus características físicas es un dragón occidental, aunque parece haberse concebido con técnicas orientales. Esta peculiaridad aparece una vez cada doscientos años.
Aunque en apariencia amable, preferimos que Ártax mantuviera una sana distancia con el dragón (y una protectora distancia con nosotros, por si las moscas).

Gracias a imágenes satelitales, fue posible calcular el tamaño de la bestia alada, la escala es 1 pulgada de la mega regla = 100 metros del espécimen.




9.10.19

Fui a ver Ángeles en América

Cortazar, autodenominada "el orgullo de México", no sólo es cuna de Bere :3, los tacos de cabeza o del poeta Herminio Martínez, también el director teatral Martín Acosta vio la luz allá. Hace poco fui a la primera presentación que hizo en el Centro Cultural del Bosque y éstas son mis impresiones:
*
Ganadora del premio Pullitzer en el 92, Ángeles en América, aquí dirigida por el cortazarense Martín Acosta, se me presentó como una promesa que debía ser vista, casi casi una obligación. La relación costo-duración ya era atractiva, aunque tras los 200 minutos que dura (¿contarán los intermedios?) la sensación final me causó conflicto.



El escenario era amplio, apenas unas sillas con algunos objetos alrededor, un candelabro y tres paredes con puertas y ventanas invisibles. Más tarde se descubre que hay también escaleras subterráneas ocultas. Un escenario sencillo pero interesante para que la atención se centre en los personajes, los cuales al principio se muestran inconexos pero que, conforme la trama avanza, terminan por difuminar estas distancias, al grado de aparecerse unos en las alucinaciones de otros.

El contexto de la obra puede situarse en América (dirían ellos) durante el gobierno de Reagan, cuando el VIH comenzó a conocerse y a esparcirse entre la sociedad de ese país. El desconocimiento sobre la enfermedad se hace evidente, enfermedad de homosexuales, sin tratamiento eficaz ni un auténtico conocimiento de sus causas, en fin, un virus al que es mejor hacerlo pasar por cáncer de hígado que exponerse a los prejuicios.

En esta puesta, básicamente, se exponen a todos los grupos que habitan los Estados Unidos, la manera en que conviven y la fragilidad que todos comparten frente a la enfermedad. Judíos, mormones, americanos puros (como se nombra el abogado), afroamericanos… todos son los ángeles que habitan “América” y que ascienden a la otra vida víctimas del SIDA. Incluso Walter, uno de los personajes principales, sirve para establecer la analogía, gracias a su fantasmagórica genealogía que se le aparece en un par de tantas alucinaciones, con otras epidemias que azotaron a los de su apellido en diferentes épocas.

A mi parecer, lo más relevante de la obra es el retrato que se hace de la sociedad norteamericana de aquellos años, y el paralelismo que puede apreciarse con la actualidad (aunque el retrato de Trump lo obvia demasiado). El conflicto personal de Harper, recluida y reducida por su marido gay (de closet), su religión (mormona) y su dependencia al Valium es otro de los temas en la obra que llaman la atención y están mejor logrados, incluyendo sus alucinaciones y, sobre todo, su viaje ficto a la Antártida.

Por otro lado, hay diálogos en los que la psicología de los personajes queda retratada de buena manera, ya sea sobre el racismo o acerca de cómo funciona la política, y a pesar de lo vertiginoso de estos diálogos, resulta muy interesante la relación entre los personajes, su contexto y lo que se puede extrapolar a nuestros días.

Como dije, la escenografía es adecuada, la iluminación y los efectos también cumplen su cometido, aunque hay ocasiones en que se cae en abusos y parece más un derroche, como la alucinación de Walter con sus antepasados y la aparición de al menos siete cabezas de venado, a mi parecer innecesarias (y por lo que platiqué, accidentada en la presentación a la que acudí). Las escenas con música me parecen acertadas, aunque hacernos torcer el cuello para ver quién anda ahí es incómodo (aunque la idea de dialogar con una voz elevada, casi celestial se entiende).

Asimismo, parece ser que la obra original de Tony Kushner duraba al menos el doble, esto se nota con escenas que parecen no tener una relación clara con el resto, sobre todo aquéllas donde la madre de Joe (el marido de Harper) aparece. Del mismo modo, los entretiempos y la excesiva duración de la obra complican que el espectador (o sea yo) se vea inmerso en la historia, con lo que el final de la obra (casi a las 22:30 h), más que un efecto de catarsis provoca un alivio. La atención se dispersa y los efectos especiales de la última escena se pierden entre todo lo anterior.

En resumen, salvo algunos excesos, que supongo tratan de emular la suntuosidad de lo que debió ser la puesta original, la escenografía, la iluminación, algunos pasajes y actuaciones destacadas, la obra no cumple del todo su cometido. Como un retrato de la época resulta bien, como una puesta que logre conmover al espectador y hacerlo sentir parte de la puesta misma, no tanto.

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Ps. 1. Más que tres horas de teatro, lo cansado fue el asiento roto del teatro Julio Castillo que me tocó.

Ps. 2. Vayan a ver la obra, finalmente no soy sino un principiante en esto de las puestas escénicas y los compas luego me distraían, para bien y para mal.

Ps. 3. Jáuregui salé en Fonda Susilla, aunque yo lo topo de Conferencia bajo la lluvia, y rifa; también Diana Sedano (Harper Pitt) y Tanya Gómez (aunque canta más de lo que actúa).



13.8.19

Ecografías en la casa del poeta

El seis de junio se presentó, en la casa del poeta Ramón López Velarde, el libro Ecografías, de Priscila Palomares. Yo estaba renuente y no sabía si ir o no, salía tarde de clase, llovía y "es una oda feminista, ustedes sabrán", me dijo Michelle Monter, una amiga que presentaría el libro junto con la autora.



Finalmente, por la amenaza, o a pesar de ella, acudí a ver qué onda y hasta salí con el libro autografiado. Sobre la presentación, puedo decir que las palabras de mi amiga fueron lo mejor. ¿Sabían que la gente se titula de Letras escribiendo un libro? Pues así le hacen los regios, mejor que una tesis, supongo. Y Priscila Palomares, de 25 años y oriunda de aquellos norteños lares, así le hizo, Ecografías fue su proyecto de titulación, ya después Cuadrivio se lo publicó a principios de este año. La edición está bien aunque la caja del texto pudo ser más pequeña para facilitar la lectura, además de que tiene algunas erratas que cualquier exquisito juzgaría de inaceptables, yo no, por supuesto...

Por ahí tenía algunas anotaciones pero, maestro del desorden, no las he encontrado. El poemario, casi del todo concebido en prosa es una búsqueda por definirse mujer, por reconocerse con las otras y diferenciarse del sexo opuesto; es, al mismo tiempo, una crítica al deber ser y a los estereotipos de cada sexo, un constante cuestionamiento sobre el lenguaje y cómo éste nos conforma o nos vacía.


La idea de hacer un recorrido de su tránsito por el mundo desde la concepción hasta el día de hoy por parte del yo lírico me parece un acierto, tiene algunos toques de humor, ¿ironías?, y me parece un intento interesante, aunque sospecho que la narrativa (la autora es conocida por su novela Shampoo) se le da de mejor manera a Palomares, quizá de ahí su elección por hacer sus poemas en prosa. De cualquier forma, que se siga escribiendo es grato, y que en la escritura se cuestione el statu quo tampoco es asunto menor.


¡Ah!, al final la amenadvertencia, quizá por la lluvia, resultó falsa alarma, había más vatos que vatas en la presentación, lástima que debía marchar... Y otra cosa, me resultaba simpático que la autora escondiera la cheve que se estaba tomando, luego hablaron sobre lo que en Monterrey se espera de una mujer y cómo hay que comportarse y cómo es complicado desprenderse de estas cosas; luego vi que estaban transmitiendo en vivo y todo cobró sentido.
Les dejo el poema que da título al libro:

Ecografía

Con la punta de un vidrio abro mi panza para ver qué
 hay. El vientre, mi primera casa.

                                                   --Lo más bello en una mujer
                                                                     está en su interior.


Salpico sangre al suelo. Separo los pliegues. Arde. La carne.
Los dedos sucios. Adentro de mí no encuentro una cuna, sino
bolsas rojas de tripas que parecen globos de fiesta.

22.11.18

Colibrí herido

Nuestra alegría es un colibrí herido,
ligera danza hacia el abismo;
suspira el viento cansado,
nos hace volar livianos
entre el tedio y el olvido.

Nuestro dolor es enojo,
inconformidad que aísla,
es querer siempre más y más,
pozo de los deseos sin fondo,
secos, solos, sedientos.

Nuestro querer es universal,
el grano de arena, el Big Bang,
no sabe de jaulas o ataduras,
se entrega hondo y sin freno,
y es por él que, lo sabemos,
la soledad será el final compañero.

16.5.18

Canción conejera

De mi serie de poemas cortos "Todos están teniendo bebés y yo no pero no me agűito y mejor escribo algo aunque no debería porque no me sale":

El conejito ya sale
de entre el maíz y el frijol
llega de labrar el campo
lleva en su frente sudor.
Trae las orejas atentas
pues lejos viene un rumor
dice que viene que vuela,
dice, una historia de amor.
Mientras, conejita mira
con sus ojotes al cielo,
tamborilea con su pata
y entona este dulce verso:
"Cuando la mañana llegue
y la vida vuelva a empezar,
será nomás por tus labios
que algún día me han de nombrar."
Esperar valió la pena,
pues del cielo llega ya
el cenzontle con su canto
y un paquete que entregar:
—Conejita, conejito,
ahora mismo les doy,
un bonito bebé conejo
que los llenará de amor;
Como la lluvia a la vida
junto a los rubores del sol
así serán ustedes con ella:
y ella les pintará cielos
de indescriptible color.

Vladimir Villalobos
16/5/17

12.5.17

De antes

A Bere, por su sonrisa

Uno sabe cuando la sonrisa es sincera: los ojos se hacen chiquitos, no importa si la piel del rostro se pliega un poco al hacerlo, la otra persona adquiere un brillo más bien difícil de explicar. La señal más clara de que alguien te sonríe de verdad es que te llena, te hace sentir su alegría y no te queda de otra más que sonreír también. Así fue cuando me conoció, me sonrió y supe que era real, que estaría conmigo siempre. Me sujetó entre sus manos, todavía jóvenes y firmes, y me estrechó contra sí. No preguntó mi lugar de procedencia, no le importó mi oscuro aspecto ni las imperfecciones que se volvieron más evidentes conforme pasaba el tiempo y me conocía.

Siempre fuimos un buen equipo, una bonita pareja, sobre todo en los días de frío o durante aquellos años de cuidar a los hijos, y después a los nietos. Durante el frío ella contaba con mi abrazo, con mi cuerpo envolviéndola tanto como me era posible. Uno calentaba al otro para después recibir de vuelta ese calor multiplicado; pocas veces no nos bastamos el uno al otro, culpa mía, sin duda. Lo que siempre agradecí fue que no buscara otro abrigo, que se ¿conformara? conmigo. No era conformarse, era fidelidad, o quizá la falta de recursos, no sé, a veces las cosas más increíbles influyen. Alguna vez escuché que el revoloteo de una seda podía alterar el orden del otro lado del mundo, provocar tragedias, y no lo dudo. Pero el asunto es que nunca me cambió por otro ni se quejó, más allá de lo razonable, de mí. Yo también me podría quejar, pensaba a veces, pero recordaba aquella sonrisa primera, repetida en algunas ocasiones especiales, y mi imposibilidad de reprocharle nada se volvía absoluta. Su sonrisa era una jaculatoria que todo lo podía, que lo conmovía todo.

Cuando le tocó cuidar, primero a sus hijos y después a los hijos de sus hijos, me mantuve cerca siempre. Es una pena que ya no haya conocido a los hijos de los hijos de sus hijos, debieron verla, la breve sonrisa que me dedicara cuando apenas era una joven se multiplicaba como si cada año, como si cada instante de su vida, hubiera estado a la espera de ese momento en que sostenía a los pequeñines para después envolverlos, arrullarlos, simplemente para sonreírles y competirles la dulzura, la inocencia. Y yo estuve ahí, acompañándola para que el cansancio no le llegara pronto, para que la espalda no le doliera tanto al final del día. Ojalá le hubiera podido ayudar más o mejor, evitarle el dolor, aunque fuera, del último día.

La última vez que platiqué de ella con alguien, me dijeron que no, que exageraba, que nadie puede ser tan bueno, que todos tenemos defectos. Afirmaban que mi objetividad estaba deshilachada y que debía remendar mis juicios. Sin duda tendrían razón, no soy el más indicado para la imparcialidad, no con ella. Pero pienso que eso es lo más normal, uno siempre elige qué es lo que va a recordar de las personas, puedes elegir cuál de sus olores te quedas, el día más triste o el más feliz, puedes elegir la época, las risas, la conversación… todo lo que te convenga, todo lo que prefieras, para bien o para mal. Aunque sí, es cierto, a veces uno no puede elegir, simplemente llegan momentos particulares y te fulminan, aunque no quisiera uno, los recuerdas, se te aparecen entre sueños, cambian tu destino, o lo culminan, y hacen mencionarlos, una y otra vez, como ahora que les cuento sobre ella y su sonrisa.

Pero les decía que yo estuve ahí siempre, prácticamente presencié el origen y el fin de todo, o casi. Ayudé cuanto pude, pero ser el pañuelo para los momentos tristes no basta a veces, lo supe y no s eme olvida. En ocasiones lo que se necesita es una palabra de aliento, algún chiste, lo que sea para distraer. Lo intenté tanto como pude, lo juro, pero eso casi nunca es suficiente. Por ejemplo, vi cómo se acabaron las reuniones familiares cuando la hija mayor, enfadada por algo que sigo sin entender pero que parece motivo suficiente para cortar cualquier lazo familiar, levantó a sus muñecas (así les decía a sus hijas), insultó a sus hermanos, observó a su madre con una mezcla de enojo y decepción para después marcharse. No la volvimos a ver en ese comedor sino hasta aquel último día. Pero en ese momento, yo con ella, no pude hacer nada sino, como todos, observar en silencio ese otro tipo de sonrisa que su rostro parió, y digo parió porque sospecho que fue una sonrisa llena de dolor. Después del dolor que debió causarle traerla al mundo tras nueve meses, se compensó con apenas unos segundos de enojo que después se volverían imposible olvido. Siempre es más fácil destruir que crear. A veces miro cómo la gente, al encontrar un hilito suelto, lo jala y lo jala y sólo ve cómo el suéter se empieza a volver otra cosa, hasta quedar irreconocible, hasta ser nada, o algo muy distinto, pero no lo que debía ser.

A veces yo sueño que me encuentran ese hilito que define nuestras vidas, siento adrenalina porque la mano, de equis o ye persona (pero nunca la suya), está por tirar de él. ¿Se imaginan estar a punto de deshacerse, de presenciar su propia muerte o, al menos, su transformación en otra cosa totalmente distinta? Da miedo y no. Quién me reconocerá, quién me negará o pensará que soy nada, apenas una cosa amorfa olvidada en el piso, un estorbo… tal vez, aun así, alguien me vería en mi potencial, en mis ganas de servir y ser recordado. En una de ésas me levantan del piso y, tras mirarme fijamente, me dediquen una sonrisa sincera.

Pero así fue, si tuviera todo el tiempo del mundo y mis hilos no estuvieran expuestos contaría anécdota tras anécdota hasta acabarme todo un carrete de hojas, hasta amanecer con dolor en la muñeca por tanto recordar. Algunas cosas serían agradables, pero otras no tanto, al final siempre llega la tristeza, al menos en el último día. Un ejemplo es ella, yo la acompañé tantos días que no sabría pronunciar semejante número, o tal vez sí, pero no sabría calcularlo. A nuestra manera, y según nuestras risas y llantos, envejecimos juntos. Cada uno fue testigo del agotamiento del otro, sin embargo, no nos separábamos. Es cierto, sus sonrisas cada vez fueron menos frecuentes y sus arrugas se volvieron surcos que sólo regaba el llanto, pero incluso así, y en esto soy tan objetivo como es posible dadas mis condiciones, sus labios contagiaban alegría, y además tenían cierto aire de sabiduría, como si ya lo supiera todo y cada mancha que surgió en su piel fuera todo ese saber tatuado.

Pero no hay rezo o invocación que pueda durar siempre y, salvo en contadas excepciones, el final no siempre es feliz. Ella empezó a padecer ataques de tos, problemas para respirar, dolores que aparentemente no tenían razón de ser, es la vida que me pesa, decía como un murmullo. Es la comida, es el aire que se soltó anoche, es el calor de marzo, decían sus familiares, doctores y conocidos, como si de una quiniela se tratara. Entonces empezó a perder color y peso, ya mi abrigo no le era suficiente y ambos lo sabíamos, yo tampoco ya era el mismo de antes. Se le consiguieron cobijas, sábanas, suéteres, todo lo necesario, o al menos lo posible, para mantenerla a gusto. Ya casi no hablaba ni se movía, dejó de cocinar y de hablar. Sus ojos se volvieron brillantes como los que más, y sus manos temblorosas, como si todas sus fuerzas, toda su vida, se hubieran concentrado en la mirada. Su cabello, otrora negro e inagotable, había perdido color y brillo, incluso se le encogió, podría decir, pero tal vez (y sería una explicación más lógica, creo) sólo se lo cortó y yo no me enteré nunca, porque siempre estuve con ella, pero cuando uno dice “siempre” en realidad casi siempre quiere decir que sólo estuvo la mayor parte del tiempo. Sólo uno mismo está consigo mismo todo el tiempo, y a veces ni eso, decía ella.

Cuando la internaron en el hospital yo no pude ir, no estaba en condiciones de viajar, nadie me quería llevar a donde ella. Quizá es lo mejor, me decía después de tremendos berrinches. Y es que a mi edad sólo se acude a esos sitios cuando el viaje está por terminar y las gaviotas anuncian tierra firme, o que el barco está por partir, depende de cada quien, si prefiere llegar o irse. Yo prefiero la imagen de la embarcación llegando al puerto, creo que la vida es más marea que suelo firme, y tras tanto mareo uno se merece un descanso, un hogar solido. Pero eso ya lo averiguaré, como todos, algún día. El asunto es que no pude ir, sólo escuchaba los chismes, lo que decían en la casa tras noches intranquilas de café y poco más. Creo que cuando la salud se marcha se lleva consigo el hambre de los otros, en su lugar deja nervios y pesadumbre, un ambiente tenso, dirían los que saben de esas cosas. Me imagino que es como cuando se empieza a rasgar el hilito que mantiene al balero unido, lo sigues jugando, pero sabes que se romperá en cualquier momento, que se desprenderá y seguramente te golpeará, o a alguien cercano. No hay remiendo para algunas cosas, aunque los parches u otros artilugios a veces ayudan, simulan la herida, retrasan lo inevitable, aunque sólo es darse largas y rodeos. Como ver una y otra vez aquel video familiar en el que aparece, como si así su partida fuera un mal sueño y la vida real, es decir su sonrisa, estuviera encerrada en la pantalla, eterna.

El último día en realidad sólo es un último día, no es que no vayan a haber más, sólo es el último para una persona, para la vida que llevaban quienes la querían, u odiaban, porque también la pérdida del ser odiado deja qué pensar y sentir. Pero siempre, en menor o mayor medida el vacio se hace sentir, la tristeza te busca y encuentra en algún momento, tarde o temprano algo en tu interior recibe un poquito de ese nuevo vacío, y pesa el cuerpo, pesan los días y los recuerdos. No importa si estás en la cama, en la regadera o en medio del bullicio que surge quién sabe de dónde cada domingo a mediodía, de pronto te sorprende y se sujeta a ti, te acompaña a donde vayas. Ya depende de cada quien el tiempo que esa sombra se sujeta de la suya. Cuando pasó todo, cuando escuché que el fin había llegado, sentí que algo se rasgaba dentro de mí. Si pudiera hubiera llorado como aquel cantante que se empapa de tristeza el rostro mientras canta algo así como neme quitepá, no sé qué signifique, si es que significa algo, pero se le nota una infinita tristeza, y pues así la sentía yo, daban ganas de cavar la tierra una y otra vez, y seguir haciéndolo hasta después de mi muerte, sólo para cubrirla de oro y luz, aunque nunca podría competir con el brillo de esos sus últimos ojos.

Lo más triste de una despedida es no poder estar ahí para despedirte. Me tuve que quedar en el rincón al que ahora pertenecía. De pronto ya no era aceptado ni tomado en cuenta dentro de la casa, bien pudieron trapear conmigo el piso y a nadie le hubiera importado, a veces eso pasa cuando los jóvenes creen que los viejos ya no servimos, que sólo somos un bulto ahí, ocupando espacio, pero se olvidan que nosotros los sostuvimos cuando las piernas todavía no los sabían obedecer. Éstas son cosas que uno no entiende sino hasta que es demasiado tarde, y acabamos sufriendo lo que le provocamos a alguien más. Yo no recuerdo haber hecho daño a nadie, pero ahí estaba, como sin estar, me volví una telaraña en el rincón que nadie quiere limpiar, al que nadie mira. Y no me pude despedir, pero no importa, me dije, ella sabía cuánto la quise… cuánto la quiero y querré, porque tamaño sentimiento no es algo a lo que un puñado de tierra pueda poner fin.

Sobre esos días es mejor no hablar. Todos sabemos cómo es eso, a ninguno nos sobreviven todos para siempre, sería lindo pero no hay forma de volverlos eternos. A veces, y eso es triste, queremos más cuando ya no están que cuando sus brazos aún pueden darnos abrigo y consuelo, tal vez sea para compensar esos cariños no expresados a tiempo, o por aquellos recuerdos elegidos a placer, idealizamos a nuestros difuntos, o al menos se les perdonan sus fallas, se hacen más ligeras. Las virtudes y lo bonito, como el cabello y las uñas, nunca dejan de crecer.

Yo ya no tenía esperanza, todos los días soñaba con ella y me descosía el alma al amanecer e imaginarla bajo aquella corona de flores ya marchita. Una de sus hijas ocupó el lugar en su casa, todas sus pertenencias fueron repartidas de manera más bien curiosa. Pero yo no era quién para quejarme o decir algo, me limitaba a observar en silencio. Y en menos de lo que esperaba la casa se volvió enorme y solitaria, el viejo reloj que entonaba una melodía cada quince minutos ya no estaba, la televisión monocromática se la regalaron al sobrino mayor de la segunda hija, los hijos revisaron escrituras, papeles y deudas, también el cochinito con los ahorros de ella; la hermana que le sobrevivió no quiso nada, a cierta edad a uno ya nada, o casi nada, le sorprende, ya nada quiere, y el día a día se vuelve sólo una fatigosa espera hasta que anuncien la tercera llamada, el reencuentro, la puesta en escena. Y cuando se levanta el telón, se ve a lo lejos un hermoso atardecer en la playa, y esa luz tenue y relajante te invita a la llegada, o a la partida, según cada quien, como dije.

Y cuando dije que casi nada le sorprende es porque casi es casi, pero en términos prácticos es un mundo de distancia, de diferencia, como desde aquí hasta China, como desde el cielo hasta su tumba. Porque este mundo le guarda sorpresas hasta a la telaraña más olvidada en la casa más solitaria del poblado más abandonado que se puedan imaginar. Y aunque yo no soy ni telaraña ni vivo en la casa más solitaria del poblado más abandonado, así me sentía, después de ella ya nadie reparaba en mí. Comencé a sentir algunos estragos propios de mi edad, pero no se lo conté a nadie, ya cada quien carga con suficientes preocupaciones como para echarles las ajenas encima. Así pasaron semanas que parecieron años, o más. En una de ésas apenas pasó un fin de semana, pero es que cuando uno se siente solo bastan unas horas para que la abulia del universo se aviente sobre tus hombros. Pero todo esto era para decir que yo ya no era el mismo, me sentía avejentado y soñaba con mi fin, o con ella y su sonrisa, cuando no era con ella era con mi fin, no había más opción dentro de mi catálogo de ilusiones.

Un día llegó la familia, lo que quedaba de ella; entre discusiones, decesos y ocupaciones más urgentes, no todos asistían a estas comidas. Me alegraron un poco, esas reuniones de domingo por la tarde fueron una tradición siempre que ella estuvo. Mientras llegaban y se acomodaban en la casa, yo los miraba y adivinaba en ellos los rasgos que les heredó, o buscaba en mi memoria otros años, cuando ellos eran apenas unos chiquillos y yo estaba ahí, presenciando sus primeros pasos y tropezones. Sin duda eran buenos tiempos, no mejores ni peores pero distintos, más alegres, ella seguía aquí y seguía fuerte y con harta vida por delante, y aquella sonrisa.

A veces no hace falta sino una comida en compañía de los seres queridos para recuperarse un poco, en algún lugar leí, o escuché, da igual porque las palabras también se leen y releen en la mente, pero decía que la juventud ya sólo se conseguía por contagio cuando cierta edad era alcanzada. Tanto hijo y tanto nieto terminaron por contagiarme un poco. Me sentía remendado, valga la expresión, fuerte y animoso. Aunque me duró poco cuando noté que seguía sin ser más que una mancha de humedad en la pared más apartada de las atenciones familiares. Una mancha tapada por la telaraña…

La comida concluyó ese día, los más pequeños corrían de aquí para allá, los mayores bebían café (¿no les sabrá a velorio?, me pregunto siempre). La tarde comenzaba a terminarse y mi alegría menguaba con ella. Pronto volvería la noche fría y en soledad, después los sueños, con ella acaparando el papel de protagonista y, por último, el triste fin de abrir los ojos al nuevo día, y así hasta el san se acabó que no llega nunca.


Cuando los últimos estaban por irse, un par de niñas seguían corriendo de aquí para allá. Sus respectivos padres les gritaron que ya se iban y se detuvieron en seco. Como si hubieran estado jugando a las estatuas de marfil, se detuvieron y se quedaron ahí, inmóviles, una frente a la mesa y la otra frente a mí. Eran pequeñas todavía, no deben haber cumplido sus quince años todavía, ya sé que alguna joven menor a los quince podría regañarme y aclararme que, incluso a sus diez o doce años ya no es ninguna pequeña, que ya hasta va a la escuela sola y le quitó las rueditas a su bicicleta; sin duda tendrá razón, pero a nosotros los viejos ya todo nos parece apenas suspiro. En fin, entre esos segundos de quedar petrificadas y girar para correr hacia sus padres, alcancé a observarlas detenidamente, me terminaba de grabar el rostro de la que tenía más cerca, cuando sus ojos se desplazaron curiosos hasta el rincón donde me encontraba arrumbado. Su mirada curiosa me sobresaltó como no me había sobresaltado desde hace mucho, fue curioso y raro, pero no estuvo mal. Sus ojitos se volvieron enormes y se enfocaron en mí, me sentía acorralado, ¿me recordaría con su abuela?, ¿me maltrataría o me jugaría alguna broma pesada? Mis hebras se erizaron como si fuera un felino tratando de ahuyentar a su agresor. Apreté los dientes. 

Ella caminaba hacia mí. Despacio, quizá consciente de que pensaba dar batalla, se aproximó más y más. Estuve tentado a gritar, a pedir auxilio, pero la curiosidad y la vergüenza —¿quién grita desesperado nomás por una chiquilla (no tan chiquilla pues) como ella?— me hicieron callar, fingir una calma que nadie creería. Con sus ojitos agigantados y las manos extendidas, se agachó hasta donde estaba, me sujeto con fuerza y entonces la vi. El telón se había levantado y me descubrí en tierra firme, o a punto de partir, ya ni sé. Lo recuerdo y los sentidos se me alteran como si hubiera sido hoy. Aunque su rostro era muy joven todavía, lo adiviné, aposté todo lo que traía, o sea hartos sueños y nada más. Como en un casino los dados comenzaron a rebotar por todos lados, las últimas cartas fueron repartidas y la ruleta giraba como loca. Después de sujetarme frente a sí, la vi, ahí estaba ella, no hay polvo que nos separe del polvo querido, al polvo volvemos siempre, dice el libro. Me sonrió de esa manera en que las personas adquieren un brillo inexplicable, se le hicieron chiquitos los ojos y la vi en ella, su sonrisa inolvidable estaría conmigo siempre, lo sabía desde aquella otra primera vez.